Cuentos, ensayos, debrayes y pendejadas

jueves, 13 de marzo de 2008

Cuántas formas de evadirte (o de al menos intentarlo)


No puedo dejar de pensar en ti. Esta tarde, una más de tantas, se la has robado a Dostoievsky, a los miles de albumes de jazz que esperan ser escuchados y hacerme sentir el blues del hombre, a los insulsos reality shows que por más que lo intento no pueden distraerme de ti, a los churros que en lugar de animarme me han puesto introspectivo y, por ende, más vulnerable.

Esta tarde, una más de tantas, me he propuesto evadirte con resultados irregulares. Generalmente en las mañanas puedo ocuparme lo suficiente para no dedicarte más de dos o tres pensamientos; pero a medida que llega la tarde, el soponcio del calor y la digestión me restan alegría, ánimo, y paulatinamente me sumergen en el silencio de la abstracción, de los pensamientos que chocan entre sí desaforamente, mientras intento alcanzar esa zona de evasión que es la siesta. A veces logro hacerlo. Hoy no.

No puedo dejar de pensar en ti. Sabes que sufro de ansiedad. Cuando se me acaba el aliento y la arritmia me engaña al sentir que muero por instantes, confundo esos sintomas y enciendo un cigarro. Maldito vicio. Bendito tabaco que ayuda a evadirme. La opresión en el pecho no es un sentimiento, es sólo que necesito un toque. Una boquilla que me haga exhalar besos alquitranados.

Esta tarde, una más de tantas, me obsesiono por el afán del olvido, del no me acuerdo, del no me olvido que no quiero acordarme ni de ti, ni de mi, ni de ambos, ni de todo. Ya sabes cómo me gustan los juegos semánticos, aunque no sea bueno con ellos. Maldita. Te odio porque lees, porque vives la literatura al igual que yo. En un país de pocos lectores, la literatura había sido mi cobijo, refugio compartido tan sólo por unos cuántos. Pero ahora ni siquiera ese último resquicio de mi intimidad permanece inviolable por tu presencia. Que si tus ojos ya pasaron sobre las mismas letras, que si cierta cita te gustaría, que si una línea en especial me tendió una zancadilla que me hiciera caer de bruces frente a ti, que si el talle de la protagonista me recuerda al tuyo, que si muchos de tus argumentos se ven respaldados -y refutados- página tras página. Dialogo contigo, discuto contigo, me revuelco contigo, me peleo contigo sin que lo sepas. ¡Coño! Ya lárgate de mi libro. Déjame. Quiero estar solo.

No puedo dejar de pensar en ti. Soy un egoísta. Lo que era sólo mío me lo has robado. No me gusta compartir mis evasiones, pero lo hice. Ahora, ¿adónde puedo marcharme? Si bebo en demasía de repente te apareces nadando desnuda en el fondo de mi vaso, a veces desapareces con tan sólo remover los hielos... Si ando borracho y suena una canción de esas que odio, de la nada me pueden dar ganas de bailar contigo y eso que no me gusta y no sé bailar. Eres una metiche. Ya salte de mis fantasías etílicas.

Esta tarde, una más de tantas, recurrí a la música. El jazz ya no me estaba funcionando, así que puse música cubana guapachosa pa´alegrarme el espíritu. Mambos de Benny Moré y Pérez Prado, salsa de Omara Portuondo. Maldita sea, justo cuando me empezaba a animar, caigo en la cuenta de que también tienes relación con sus lágrimas negras... ¿Hay algo en lo que no te hayas metido? ¿Algo que no compartamos? Lograste lo que a muchas otras ilustres difuntas les faltó: meterse en los cimientos y la estructura que no sólo conforma mi ser, sino el diseño sobre el que he construido mi vida.

Por eso hoy decidí recurrir a la escritura, un espacio menos tocado por ti afortunadamente, porque si no me quedara al menos eso, ya no me quedaría nada. Sin embargo, héme aquí escribiendo sobre ti. Irónica contradicción, al igual que tú, que ambos, que todos. Aún así, me da gusto saber que ya lo voy logrando. Menuda broma cósmica la de escribir sobre ti para ya no pensarte. De esas bromas en las que no sabes si reír o llorar. Jajajá. Sniff.

Unas más de tantas, esta tarde, ya va llegando a su fin. El crepúsculo está cerca, y la hora de ir al cine de arte también. Iría con alguien más, pero hoy me siento con valor. Iré solo y fumaré un porro antes. Ojalá la protagonista no se parezca a ti, ni suene como tú, ni huela a tu cuello enmarañado en cabellos vaporosos. ¡Por Dior, que no se llame igual! Quiero seguir engañándome, ¿es eso mucho pedir?

Esta tarde, una más de tantas, no puedo dejar de pensar en ti.

miércoles, 30 de enero de 2008

El último escritor maldito:



Digresiones en torno al nihilismo en la obra de Bukowski
Por: Ricardo E. Tatto

Estas líneas las escribo sin miedo. Durante tres días la idea de hacer este ensayo se ha estado gestando en mí, y ante mis dudas, me avoqué a investigar su teoría, convirtiéndome así de la nada, en discípulo de José Luis Gómez-Martínez.
Lo curioso de la teoría del ensayo literario, es que en lugar de ayudarme a resolver mis dudas y decantar mis inquietudes en alguna dirección específica, más bien me ha abierto un panorama infinito y rebosante de vericuetos por los cuales internarse, teniendo como vehículo mis propias palabras y mi intuición. En el ensayo reina la subjetividad, y nada mas subjetivo que un sujeto escribiendo sobre otro.
Pero basta de reflexiones precoces, que mi única pretensión en este texto es ejercer un diálogo conmigo mismo, siendo que soy la única referencia que tengo de un probable lector; así que mas conviene darle gusto al gusto y de una buena vez reflexionar sobre lo que me agrada.
A Bukowski le gustaba rascarse los sobacos. Así lo expresó en una entrevista con la periodista Fernanda Pivano hace algunos años. A mí no me gusta rascarme, pero en cambio, si me gusta dicho autor.
Charles Bukowski nació en 1920 en Aldernach, Alemania. Empezó a escribir a temprana edad y publicó su primer relato por primera vez en los años 40. Entonces Bukowski dejó la escritura por el mundo laboral y los bares, no publicando, no escribiendo, y así siguió el mito por cerca de 20 años.
Diez de esos años fueron desperdiciados de un trabajo a otro, de una residencia a otra, de la costa este a la oeste de Estados Unidos.
Los otros diez años, Bukowski trabajó para el servicio postal de la ciudad de Los Ángeles, un empleo que no requería esfuerzo excepto por la fuerza para presentarse y la paciencia para realizar operaciones simples y monótonas. Durante ese periodo, su vida surcó los límites entre la locura y la muerte, los cuales son temas que prevalecen en su obra.
Y precisamente su obra es marcadamente nihilista, y aunque él mismo no lo menciona, es claro que se apuntala en tal postura, siendo ésta una posición filosófica que argumenta que el mundo, y en especial la existencia humana, no posee de manera realmente objetiva ningún significado, propósito, verdad comprensible o valor esencial superior. Los nihilistas pueden creer una de estas tres cosas:
*Que ninguna finalidad o propósito superior existe. Solo hay nada.
*Que la realidad que experimentamos los humanos no existe tal y como la vemos.
*O que la realidad es incognoscible, por lo que entenderla siempre será inútil en lo práctico y sin sentido en lo teórico.

Es la negación de todo principio, autoridad, dogma filosófico o religioso. El nihilismo hace una negación a todo lo que predique una finalidad superior, objetiva o determinista de las cosas, hace ese énfasis negando la idea de progreso en la Historia. Por tanto, es contrario a la explicación dialéctica de la cronología humana.
En cambio, es favorable a la perspectiva del devenir constante de la historia objetiva, sin ninguna finalidad superior. Es partidario de las ideas vitalistas. De deshacerse de todas las ideas preconcebidas para dar paso a una vida más completa.
Esto se demuestra en propias palabras de Bukowski “El vino mejora si envejece en condiciones. No estoy metido en ninguna competición con nadie, ni pienso en la inmortalidad; me importa un carajo todo eso. Es la acción mientras estás vivo. La verja bajo el sol, los caballos que se abalanzan entre la luz, los jockeys, esos valientes diablillos con sus brillantes blusas de seda, yendo a por todas, corriendo a toda pastilla. La gloria está en el movimiento y en la osadía. Al carajo con la muerte. Es hoy y es hoy y es hoy.”
En contraste, esa afirmación de Bukowski se asemeja en sentido y en profundidad a una hecha por Henry Miller: “Qué puñeta, yo ya he pasado por todo eso… hace muchos, muchos años. He terminado de vivir mi melancólica juventud. Ya se me da un huevo lo que dejé atrás o lo que me espera. Estoy sano, incurablemente sano. Sin pesares ni remordimientos. Sin pasado, sin futuro. Me basta con el presente. Día a día. ¡Hoy! Le bel aujourd´hui!”.
Ambas visiones, poderosas en su manifiesto arraigo por la vida, concurren en su afán de extracción medular y, por consiguiente, constituyen una clara adhesión hacia la inmediatez de lo que nuestra presencia en el mundo puede ofrecernos.
Esa postura, adquiere un valor aún primordial en los tiempos en los que vivo. Incontables veces –debo confesarlo-, el temor a la nada, a la intrascendencia, al anquilosamiento, me han llevado de la mano hacia la búsqueda exacerbada de experiencias vigorizantes que me hagan sensibilizarme y condonen el tiempo perdido en las actividades que son homogéneas para cualquier estudiante e hijo de familia.
La premura por devorar experiencias y acumular conocimientos de primera mano, han provocado en mí unas ansias por vivir excesivamente que a duras penas puedo controlar. Con la ayuda de la sociedad que anda tras mis pasos, convenientemente se logran sofocar estos impulsos, aunque nunca por demasiado tiempo. Nada dura una vez que se ha tomado la decisión irreversible de darle rienda suelta a nuestra propia naturaleza. El destrampe ad natura es el concepto rector que guía muchas de mis decisiones.
En la mayoría de los casos, esa cruzada personal en contra de lo estático me ha ganado la antipatía de mis contemporáneos, incapaces de ambicionar algo más de lo que ya se encuentra bajo sus narices, y que constantemente esgrimen en mi contra argumentos de índole risible –al menos en mi percepción-, tales como las supuestas prioridades y deberes que todos debemos cumplir, aunque semejantes objetivos dudosamente constituyan una aspiración digna de ser alcanzada. ¡Qué aburrido! ¿Pero qué se le va hacer? Así son las cosas en el mundo posmoderno que nos ha tocado habitar.
Más basta de digresión y volvamos al hilo, como diría Unamuno. De acuerdo con el mito, Bukowski regresó a la escritura el día en que renunció al servicio postal, pero su bibliografía nos muestra que había sido publicado varios años antes de eso.
Su primera publicación reconocible data de los años 60; sin embargo, existen algunos textos de principios de esa década, así como algunos poemas impresos de finales de los años 40.
El hecho es que, Bukowski había publicado de manera extensa en varias y pequeñas revistas literarias por más de 30 años. Estas publicaciones existen en algunos pocos ejemplares y son difíciles, si no es que imposibles, de encontrar. Afortunadamente, algunos sagaces editores se las arreglaron para recopilar esos poemas y relatos en algunas compilaciones, hasta alcanzar sus escritos más contemporáneos de los 80.
En total hay alrededor de cuarenta libros impresos escritos por Charles Bukowski. Desde su muerte el 9 de marzo de 1994, un número creciente de libros tratan acerca de él como referente crítico y leyenda literaria. Aunque realmente nunca estuvo asociado con Jack Kerouac, Allen Ginsberg, u otro de los escritores de la Generación Beat, su estilo informal y literatura no conformista le ganaron el respeto y la admiración de los lectores de este género.
Irónicamente, es a través de sus predecesores y sus contemporáneos –de los cuales él siempre habló mal y desdeñó de sus influencias- como mejor se explican el desencanto y la misantropía que impregnan su trabajo. Ginsberg lo dijo claramente en su célebre Aullido: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por locura sufriendo fríos hambres histéricas desnudas, arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en búsqueda de la droga urgente imperiosa”.
Como la totalidad de su obra es marcadamente autobiográfica, comenzaré relatando las etapas mas importantes de su vida, que a la postre se convertirían en la fuente de su mayor éxito literario, ya que precisamente lo que encandila de Bukowski es ese acercamiento personal que le permite al lector compartir sus borracheras, sus deslices con prostitutas, y sus amistades con alimañas sociales de dudosa procedencia.
Después de trasladarse a los Estados Unidos, el futuro escritor habría de tener en su padre a su primer enemigo y en Los Ángeles, ciudad a la que emigró su familia cuando el pequeño Charles sólo contaba con dos años, el principal escenario de su vida y de sus novelas.
Una de las primeras veces que se confrontó con su progenitor -un hombre amargado que hacía creer a sus vecinos que era ingeniero cuando en realidad no era más que un lechero que maltrataba a su mujer tanto como a su hijo-, fue porque éste, una noche que Charles, adolescente aún, llegó a casa borracho y vomitó en una alfombra, quiso meterle la cara en el vómito, como se hace con los perros cuando se orinan donde no deben.

Hasta ese punto, Bukowski jamás había enfrentado a su padre, soportando a lo largo de toda su niñez y parte de su adolescencia, las vejaciones y humillaciones que éste le infligía, ante la mirada impávida de su madre teutona.
Pero durante este episodio de su vida, se dio la ruptura que definiría gran parte de su personalidad, ya que dio origen al síndrome del “hombre congelado” que menciona en “Escritos de un viejo indecente” (1969).
Según Bukowski, al momento de tener la cara frente a su propio vómito y siendo empujado por la mano de su padre, decidió acabar con todo de una vez por todas; se levantó y golpeó a su padre hasta derribarlo. Los ojos desorbitados de su progenitor no daban crédito a lo sucedido, y tampoco se atrevió a replicar.
No obstante, lo más bizarro de todo este asunto, es que la madre estalló en lágrimas y empezó a agredir a Charles; pero ya era demasiado tarde. El síndrome del “hombre congelado” ya se había apoderado de él, así que se limitó a recibir las cachetadas y rasguños de su madre, sin reaccionar de ninguna manera.
Más tarde, él mismo explicaría que el síndrome mencionado anteriormente tiene su origen en una profunda pasividad hacia todo y hacia todos, y sus reacciones de ahora en adelante estarían condicionadas puramente por la necesidad de supervivencia, y no porque alguna clase de sentimiento se apoderara de él. Es decir, si hacía lo que hacía, era simplemente por inercia y lo realizaba con desdén e indiferencia.
Bukowski nos dice “Yo sabía que tenía algún problema pero no me consideraba loco. No era el típico cobarde, no tenía ningún miedo ni tampoco era melindroso, y a veces no parecía importarme en realidad. Cuando me liaba a puñetazos con uno de mis amigos, jamás conseguía enfadarme. Solo peleaba como algo inevitable. No había otra salida. Yo estaba Congelado. No podía entender la cólera ni la furia de mi adversario. Yo no tenía nada que decir. Nada me interesaba. Estaba congelado. Antes, después y siempre.”
Ahí, en esa especie de depresión consuetudinaria y aletargada, se encuentra precisamente la clave con la que explica las razones de su legendaria tolerancia al alcohol, su preferencia por el sufrimiento y el dolor, sus manías sexuales, su poco interés real por las mujeres, etc.

Es más, su “congelamiento” era tal, que aunque una mujer le reventara una botella en la cabeza y saliera corriendo de los cuartuchos de motel que acostumbraba ocupar, él era incapaz de reaccionar de una forma violenta en su contra y muy a pesar suyo, de ir por ella. Después de todo, aún le quedaba la música clásica y la bebida para hacerle compañía.
Por lo que respecta a los otros muchachos, la relación del joven Bukowski con ellos no fue mejor. Acomplejado por una enfermedad en la piel que hacía que le brotaran erupciones constantemente y que habría de marcarle el rostro de por vida, fue un tímido que nunca se atrevía a confesar sus deseos a las chicas que le inspiraban. Todo ello con la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo.
Fue entonces, con los complejos de sus primeros años, cuando se formaron las obsesiones que con el tiempo habrían de ser su materia literaria. El alcoholismo fue resultado de unos primeros tragos bebidos para superar la timidez, en tanto que el frenesí sexual debió de ser consecuencia de los deseos reprimidos. Su vida será idéntica a la de tantos perdedores de Los Ángeles, excepto en una cosa: Bukowski es un lector empedernido. En cualquier caso, sin haber llegado a terminar ningún estudio, el futuro escritor comienza a desempeñar los más variados empleos: lavaplatos, aparcacoches, mozo de almacén, etc. Entre medias tiene tiempo para convertirse en un vagabundo borracho y para ir a la cárcel como consecuencia de no haberse presentado en la Junta de Reclutamiento a la que pertenecía.
Empleado durante las siguientes décadas en una oficina de correos, primero como cartero y después como clasificador de la correspondencia, en sus horas libres escribe poemas y relatos protagonizados por sus compañeros de borracheras y demás desdichas.
Pero hasta 1969, cuando cuenta con 49 años de edad, es cuando se decide a dedicarse exclusivamente a la literatura. El éxito no se hace esperar, pero será a este lado del Atlántico donde la crítica verá en Bukowski a un nuevo exponente de la contracultura, heredero de Henry Miller y de Jack Kerouac.
Se le comparó con Miller debido a su obsesión por el sexo; con Kerouac por su prosa espontánea. Si bien, lo que en Kerouac o en los escritores Beat es misticismo y metafísica, en Bukowski se vuelve cinismo y nihilismo.

A menudo fue erróneamente asociado con los escritores de la Generación Beat, debido a sus similitudes de estilo y actitud. La escritura de Bukowski está fuertemente influenciada por la atmósfera de su ciudad natal, Los Ángeles, y la traducción de sus textos al español se demoró precisamente por la dificultad de interpretar el slang o jerga que se utilizaba en el contexto californiano de los 60.
Aunque de alguna manera, bien puede considerarse a Bukowski un beat tardío, éste siempre desdeñó ser calificado de esa manera, e inclusive renegaba de este tipo de comparaciones e hizo mofa de Miller y de Burroughs; fue un disidente y siempre mandó al carajo todo hasta el final.
Mientras, en Estados Unidos apenas se le aprecia como narrador, únicamente son sus versos los que merecen una relativa atención por parte de la crítica, quedando el resto de su obra relegada a los circuitos alternativos.
En Europa se suceden las ediciones de sus narraciones; textos como "Escritos de un viejo indecente" (1969), "Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones" (1972) o "Factótum" (1975), escritos todos ellos con un lenguaje fonetizado y agresivo, catapultan al autor al cenit de la contracultura. Una vez ahí, su vida inspira películas como "Ordinaria locura" (1981), de Marco Ferreri, y "Borracho" (1987), de Barbet Schroeder.
En "El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco", una metáfora del lamentable estado de la nave que nos lleva, Bukowski es más que nunca un filósofo. El libro es un diario de los últimos meses de su vida, plagado de reflexiones hechas desde la cima de su experiencia. Todo ha cambiado para seguir igual; Bukowski vive en una casa cómoda, con piscina y jacuzzi y un buen coche en el garaje, pero la desesperación es la misma.
La angustia existencial al fin y al cabo, es inherente a ciertos seres humanos.
Creador de una literatura provocadora y sórdida, cargada de gran emoción y sentimientos, la poesía de Bukowski, está marcada por un realismo descarnado y a un tiempo explícito, tierno en ocasiones y brutal en otras.
Abundante en datos autobiográficos, personalizados y plenos de humor ácido y desencantado, nunca abandonó su producción en verso que con los años se fue haciendo más directa, más sobria, como en “El amor es un perro infernal” (1974), o “El mundo visto desde la ventana de un tercer piso”.

Charles Bukowski conocía el único secreto que merece ser conocido: que lo único que importa es que nada tiene importancia. Lo cual constituye el manifiesto nihilista más claro y reconocible de sí mismo y de su obra. Puede que eso, paradójicamente o no, contribuyera a convertirlo en uno de los escritores norteamericanos más leídos del mundo entero, y en uno de los maestros literarios indiscutibles del siglo XX.
Por eso y por si no fuera suficiente, los lectores y asiduos beodos, gustan de emular sus pasos y más de uno quisiera vanagloriarse de ser llamado “hijo perdido de Bukowski”. Debido a mis esfuerzos y conocida obsesión por sus indecentes escritos –y por la bebida-, en mi círculo de amistades se me ha empezado a conocer así. ¡Qué honor!
Inclusive, amigos fuera de Yucatán también han sido afectos a llamarme el “Bukowski yucateco”. ¡Cuantas flores! Y sin embargo, erróneas, ya que este mote no corresponde a mis pretensiones literarias sino a mi abierta dipsomanía.
No obstante, grande fue mi sorpresa al enterarme de que a un periodista y escritor de estos lares ya se le llama así. Increíble. Tantos que niegan a Bukowski, y sin embargo, hasta se pelean por ostentar el titulo de su predecesor.
Hasta ahora, en los círculos académicos constantemente es ignorado, y a pesar de que es un escritor de culto que ha trascendido e influenciado a infinidad de creadores con su estilo visceral y descarnado, aún no es parte del canon literario occidental (excepto en E.U.A) y muchos continúan desdeñando su trabajo. Lo cual es una locura, ya que Bukowski es heredero de Miller y John Fante, que por sí solos han hecho escuela.
No obstante, lo que es innegable es que el alcohol, el sexo, la soledad y los aspectos más absurdos y sórdidos de nuestra civilización ocupan un lugar de honor en la obra de Bukowski, que siempre evitó los ambientes literarios; prefería los bares y las habitaciones lúgubres. La vida en el fondo de una botella de licor.
Como todos, también tuvo y tiene sus detractores. ¿Pero qué importa?
¡Que se jodan! Charlie los hubiera mandado a la chingada.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La Bola Cuadrada


Por: Ricardo E. Tatto

Al franquear las puertas de abanico que se cerraron detrás de él, por espacio de unos segundos no pudo ver nada. A medida que avanzaba y sus pupilas se ensanchaban para poder distinguir algo más que sólo manchones opacos, sus pasos y la costumbre lo guiaron hacia el sitio donde se amodorraba todos los días: el segundo taburete desde la derecha de la barra.
-Lo de siempre mi rey.-Dijo con la boca pastosa.
-¡Sale una bien helada! -Respondió jocosamente el cantinero.
En menos de un minuto tenía una caguama enfrente. A un lado, Cachón el cantinero asentó un vaso limpio recién lavado. No se molestó en secarlo, lo enjuagó con jabón y lo puso en uso inmediatamente. ¿Para qué secarlo? Después de todo, nunca nadie se había quejado.
Entretanto, la caguama de Cuco sudaba escarcha que se deslizaba por sus anchas caderas. Nada de eso importaba, la botella con cerveza ya se encontraba a la mitad de su contenido original. Cuco sí que sabía cómo empinar el codo. En definitiva, era lo único que le había salido bien a lo largo de su fallida existencia. Para todo lo demás, sólo servía a medias; era un mediocre profesional. El lo sabía y los demás también. Hacía mucho tiempo que abandonó sus esperanzas de ser alguien en la vida, ahora simplemente se resignaba a sobrevivir. ¡Ah! Eso sí, para sus cervezas diarias no podía faltar. Eran la única razón por la que se levantaba en las mañanas y se humillaba en trabajos detestables, ya que al caer el manto de la tarde todo quedaba olvidado al amparo de las sombras cantinescas.
Afuera, el sol inmisericordioso iluminaba la fachada del lugar. En la pared frontal, entre los pedazos de concreto que se caían y la pintura barata que se descascaraba, se alcanzaba a leer el nombre de la cantinucha: LA BOLA CUADRADA.
Adentro, Cuco ordenaba la segunda caguama, pero a medida que el bar se llenaba de clientes, Cachón el cantinero le dejó de prestar atención. Sin nadie con quien charlar y mentarse la madre, giró sobre su amplio trasero y a través del fondo de su vaso echó una mirada panorámica de 180° alrededor de la cantina. El aire se viciaba cada vez más, y los sudores y humores de tantos cabrones juntos empezaron a impregnar el lugar. Cualquier transeúnte que pasara cerca de sus puertas apretaba el paso azuzado por la tufarada rancia que provenía del sitio. Si te considerabas un exquisito, La Bola Cuadrada no era para ti.
En su recorrido visual por entre las mesas, Cuco miró a los borrachos de siempre: en la cantina todo cambia para seguir igual. Ebrios llegan, ebrios se van, ebrios, ebrios y más ebrios reemplazando a los otros. Salucita.
Lo único fuera de lugar que distinguió después de mirar, fue a un tipo extraño sentado en una de las mesas alejadas, en esas que estaban en el anexo del “Salón Familiar”; es decir, en parte de la misma cantina y que por una mera división de mampostería, automáticamente se convertía en la zona decente del baresucho.
-¿Cacahuates, limón y sal?
-Sí, lo que sea, Monchito. -Le respondió al garrotero que ayudaba ante la congestión en la barra, sin dejar de mirar al otro lado del salón.
En un segundo golpe de vista, Cuco distinguió mejor lo que le había llamado la atención sobre el individuo; no era tanto lo inusual de su persona, sino la actividad tan extravagante que estaba realizando sin probar la escasa botana ni inmutarse ante el ambiente que le rodeaba: estaba leyendo.
¡Leyendo! Pero, ¿cómo se atrevía a leer en La Bola Cuadrada? A Cuco no le pareció nada bueno, y se figuró que el tipo aquel era de mal augurio o que algo se traía entre manos, lo que sea, menos leer en la cantina.
Lo continuó observando detenidamente, sólo desviando su mirada para ordenar otra caguama y servirse en el vaso derramando espuma por los bordes. Error de novato. Pero Cuco se encontraba absorto mirando al tipo que leía. Algo había en él que ejercía una atracción idiotizante sobre Cuco, una atracción tan ineludible como para no prestarle mayor atención a su cerveza, el motor que lo mantenía tolerando seguir en este pinche mundo.
Mientras, el tipo que leía pasaba de una página a otra con una parsimonia casi insoportable. De vez en cuando levantaba la vista del libro tan sólo para servirse más espumosa o picar algo de botana en el plato contiguo. Continuaba con su lectura.
De pronto, alzó la mirada y la dirigió hacia Cuco, quien giró tan intempestivamente sobre su taburete que por poco se cae, de no ser porque media nalga lo había mantenido con apoyo suficiente en su sitio. Bebió de golpe su vaso y fingió estar ocupado mirando las fotos de chicas desnudas que se encontraban pegadas en el espejo detrás de la barra. El collage porno de Cachón el cantinero, que iluminaba a sus suripantas con foquitos multicolores, tenues y escandalosos en su expresión más kitsch.
Con el rabillo del ojo, Cuco fue mirando al tipo que leía. Ya no veía hacia su lugar. ¿Será que se había equivocado? Seguramente, porque el tipo ahora tenía un cigarrillo en la boca y buscaba con los ojos al mesero, que de una pasada se lo encendió y siguió su camino.
Por dentro, Cuco se sintió aliviado y a la vez más estúpido que nunca. “Déjate de pendejadas Cuquito, y dedícate a mirar a las chicas del espejo”, se reprochó internamente.
-¡Já! ¡Monchito, traéte otra bien muerta pa´ acá! –Dijo guiñándole al muchacho y sonriendo torpemente.
El tipo continuó con su lectura, pero las cervezas se le empezaron a subir a Cuco y decidió hacer una travesura. Se levantó y se dirigió al baño que se encontraba precisamente en el fondo del salón familiar. Pasó junto al tipo que leía y al estar detrás de él lo miró de soslayo. Efectivamente, estaba embebido en su lectura.
En el baño, mientras orinaba mirando las manchas en la pared y los teléfonos de las putas anotadas con un plumón, se detuvo en hacer la observación de que el sitio que mejor olía en toda la cantina era precisamente ése, el área de los mingitorios, ya que en el fondo había cáscaras de naranja que absorbían el mal olor y dejaban un aroma cítrico en el aire, mucho más agradable que el ambiente enrarecido que cubría la atmósfera de La Bola Cuadrada.
De regreso, se detuvo en la rocola para ejecutar su malévolo plan: metió un par de monedas en la ranura oxidada y escogió un par de rolas escandalosas, una de Juan Gabriel y otra de Los Tucanes de Tijuana. “A ver qué tan bien lee cuando empiece la escandalera”.
Ágilmente caminó por entre las mesas y de nuevo se sentó en el taburete de siempre. Y ahora, a observar la reacción: el tipo que leía ni se inmutó. A pesar de estar tan cerca de los baños y la rocola, en la abstracción en la que se encontraba los sonidos ambientales, los olores, el calor y demás, no hicieron mella en su interés literario.
“¡Con un carajo! Ese tipo tiene que estar fingiendo”, dijo enfuruñándose al ver los nulos resultados de su tonta travesura. Era incapaz de comprender algo así. El concepto de lectura en la cantina consistía en una idea tan ajena para él, que no podía concebirla en alguien más. Y menos en su cantina, que era suya por derecho de antigüedad.
“La Bola Cuadrada es mía y de nadie más. Menos de un tipejo que se quiere pasar de listo conmigo, con nosotros, los clientes habituales”. Tenía que hacer algo, ya que se estaba empezando a incomodar en el sitio que bien podría ser su segundo hogar.
-A ver, Monchito, llámame al Cachón, dile que quiero hablar con él. -Ordenó con autoridad.
-¿Qué pasa, Cuco? ¿Algún problema? –Inquirió con fastidio el cantinero, sabiendo que el sitio se encontraba a reventar y el flujo de fermentados y destilados no se podía detener por nada ni por nadie.
-Fíjate Cachón, en ese tipo solitario allá en el salón familiar; desde que llegó ha estado fingiendo que lee, pero yo pienso que algo turbio se trae entre orejas. Sería bueno que averigües que negocios tiene aquí, porque está incomodando a los clientes.
-¿Ah, sí? ¿A cuáles clientes?
- ¡Coño, cómo que a cuáles, pues a mí! –Dijo escupiendo y levantando la voz.
-Mira Cuco, deja de estar chingando. Sólo porque seas incapaz de leer Condorito o TvNovelas, no quiere decir que la demás gente sea igual. Además, ese tipo se ve bastante culto y no está molestando a nadie. En cambio, ¡tú me estás molestando a mí que tengo trabajo que hacer…! –Gritó Cachón el cantinero mientras le daba la espalda y se alejaba echándose una carcajada.
El color se le subió al rostro. Se sentía humillado; mientras, Monchito lo miraba como diciendo: “Maldito borracho impertinente”. Pero después del encabronamiento, le vino el bajón emocional. El poco orgullo que aún tenía había sido pisoteado. Ya ni siquiera se le respetaba por ser cliente regular y amigo de todos.
Lo peor es que sabía que Cachón tenía razón. A pesar de que sabía leer, era de esos analfabetas funcionales, que no leían nada aunque su vida dependiera de ello. Andaba por el mundo desperdiciando esa habilidad que muchos matarían por tener. Todo era verdad. De ahí que el tipo que leía en la cantina resultara una afrenta tan grave para él, cuya rutina consistía en sentarse a beber a diario frente al espejo de la barra, mirando las fotografías al desnudo, intercambiando chistoretes e historias con el que estuviera dispuesto a escucharlo. En La Bola Cuadrada, él era alguien. Era el buen Cuco, el de siempre, el amigo de todos.
Se miró al espejo. Lo que veía, lo deprimió aún más. Al margen de las chicas en pelotas, en el reflejo vio a un tipo cuarentón, con la ropa raída, barriga incipiente, bolsas bajo los ojos, dientes llenos de aleaciones y rostro de piltrafa humana, sin nada que ofrecer.
Se consoló brevemente pensando que el físico no lo es todo, y el siguiente pensamiento lo deprimió aún más: apartando su constitución deplorable, ni espiritual ni intelectualmente tenía nada con qué contar. Se encontraba vacío; el interior de Cuco era terreno yermo donde nunca crecería ni se desarrollaría nada.
¿Qué podía hacer? El remedio a tantas décadas de mediocridad no podía encontrarse en el fondo de su vaso. Además, a estas alturas de su vida enderezar el rumbo era tarea poco más que imposible. Qué hueva. No tenía caso intentar nada. Sin embargo, se le ocurrió que encontrar un pasatiempo o alguna actividad digna de un ser humano completo e integral le daría el empujón necesario para no continuar con el marasmo que impregnaba su mísera existencia.
Entonces, salió del ensimismamiento en el que se encontraba y sus ojos de nuevo enfocaron la desagradable imagen que tenía enfrente: Cuco a través del espejo.
Acto seguido, sacudiendo la cabeza desvió la mirada de nuevo hacia el tipo que leía. “¡Coño, eso es! ¡Qué pendejo eres Cuco, ahí está la clave! Ponte a leer grandísimo imbécil. No hay pasatiempo más inútil y de más renombre que leer. Si lees, lo cual es raro, nadie que se te ponga enfrente se atreverá a faltarte al respeto. La gente dirá: Mira cuanto lee, debe ser muy culto. No importará que seas un mediocre en todo, ni tampoco tu aspecto. Serás simplemente un intelectual al que le gusta la bohemia”, pensó sin estar convencido del todo.
Estos pensamientos le produjeron tal exaltación, que no se percató de que Monchito lo miraba con extrañeza y una mueca de burla. Al diablo con él. Tenía una idea en la cabeza, ¡una idea!, y nadie podría quitársela. Sorbió de un trago el resto de su cerveza, pagó lo suyo y se retiró dando pasos sobre las nubes de cigarro que se formaban por entre las mesas.
Afuera, bajo el tenue sol del crepúsculo, dio un respingo y se dirigió presuroso hacia algún lado sin dirección en mente, pero con la decisión de un hombre que sabe lo que tiene que hacer. Los rayos del astro que se ocultaba le lamieron las orejas y la nuca mientras caminaba.

En los días subsecuentes, se dedicó a pavonearse con un libro en todos los sitios públicos imaginables. Ya fuera en el parque, en un café o en el camión, C uco no dejaba de hojear su libro sin el menor recato. Lo sostenía convenientemente lejos de su rostro, con una mano y expresión grave. Fruncía el ceño en ciertos pasajes, para luego relajar su faz en clara señal de entendimiento. Remojaba la yema del dedo índice en su lengua amarilla y rasposa, para luego cambiar la página con gran dramatismo.
Así estuvo por espacio de una semana; no obstante, no se atrevió a ir con su nueva pose a La Bola Cuadrada. Temía que el tipo que leía se diera cuenta de su impostura, y que sus camaradas de la barra se burlaran de él. No, no debía ser visto con un libro en la cantina; sobretodo si el mismo había criticado esa actitud fuera de lugar.
En el fondo, en lugar de sentirse mejor, Cuco se sentía un fraude. Sabía que no estaba leyendo en realidad, sino solamente fingiendo que leía. Se encontraba más ocupado fingiendo poses afectadas y mirando de reojo las reacciones de la gente, que leyendo el maldito libro. Ni sabía el título ni el género; pero, después de todo, no era más que un libro y todos los libros son iguales.
Al cabo de unos días, regresó y atravesó las puertas de abanico bajo el rótulo borroso de LA BOLA CUADRADA. Esquivaba las mesas mientras arrastraba los pies, para finalmente sentarse en el segundo taburete desde la derecha de la barra.
-Cachón, lo de siempre por favor…-Pidió con desgano y sin voluntad al cantinero.
-Pero Cuco, mi buen Cuco, ¿dónde diablos has estado? Ya se te extrañaba por aquí Cuquito. -Mintió con una sonrisa desdentada.
-Por ahí, tirándola y leyendo. Por cierto, ¿y el tipo que leía? –Indagó sin rodeos ni florituras.
-Ah. Lo olvidaba. Ha venido por aquí de vez en cuando. Cada dos o tres días llega, se sienta en la mesa más lejana, se pone a leer y bebe un par de caguamas. Sólo dos. Después de su rutina, cierra el libro, paga la cuenta y se va tan silencioso como vino. Es un tipo raro, pero, ¿quién no lo es? Si me pusiera a fijarme en las excentricidades de los clientes nunca terminaría con mi trabajo. A mi lo que me interesa es que beban y se vayan contentos sin causar problemas. Si están chiflados o deschavetados, no es de mi incumbencia mientras paguen la cuenta. ¡Jajajá! –Exclamó mientras le destapaba una caguama a Cuco y se la asentaba a su izquierda.
La razón del deplorable estado emocional de Cuco era que en los días anteriores se había percatado de que su treta era inútil. Nadie lo respetaba ni más ni menos, y fingir que leía era más cansado que leer de verdad. Tal vez después de todo ser un gran lector no hacía mejores ni peores a las personas; simplemente era un complemento, un fragmento de un TODO integral que conformaba la personalidad de los individuos. Por eso había fracasado en su intento: en su interior, seguía tan vacío como siempre. Era un mediocre total.
Cuando se dio cuenta de esto, desistió de su faramalla y dejó los libros y las poses. No podía ser otro que él mismo. Ir en contra de su naturaleza no era agradable, y las cosas acababan por confundirse. No, era mejor seguir siendo el viejo Cuco, el de las caguamas, el del segundo taburete de La Bola Cuadrada. Ése era él, y la cantina, era donde pertenecía.
En eso se encontraba reflexionando mientras miraba la superficie dorada y espumosa de su cerveza, cuando se dio cuenta de que el tipo que leía acababa de entrar y de sentarse en su mesa usual. Qué fastidio. Ahora tendría que soportarlo.
Trataba de ignorarlo cuando por accidente se miró de nuevo en el espejo detrás de la barra; un destello fulgurante le iluminó su lastimero rostro. ¡Lo tenía! Ahora sí iba en serio. Su error había sido buscarse un pasatiempo que no correspondía ni a sus intereses ni a sus capacidades, pero ahora por fin podría hacer algo en lugar de sentarse a mirar pasar las moscas.
¡Claro! Qué estúpido había sido. Pero ya no más. Nunca más. De ahora en adelante, se dedicaría a beber su cerveza serenamente, mientras esperaba al tipo que leía. Lo observaría a través del fondo de su vaso mientras bebía, y para no sentirse mediocre, mínimo leería el título de sus lecturas cuando fuera al baño y pasara junto a él. Perfecto, adiós al marasmo. Hola a la vida renovada.
-¡Monchito!, rápido, tráeme otra, que ahora sí tengo motivos para festejar. ¿Cómo no chingaos? A partir de ahora, ¡soy un Cuco nuevo y mejorado! –Gritó mientras al unísono Cachón y los demás en la barra se echaban una carcajada.

FIN

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Siempre caigo en los mismos errores...




Qué feliz estaba hoy. Generalmente estoy alegre por innumerables razones. La verdad siempre he sido un tipo con suerte. Pero hoy me bajaron de las nubes repentinamente.
Hace un par de días, mientras arreglaba unos papeles en mi cuarto encontré un papelito donde tenía apuntado el correo de una vieja amiga de la prepa. Después de algunos años sin contacto, hace unos meses me la topé en el centro y anoté la dirección de su correo, misma que tuve extraviada hasta esta semana en que apareció casualmente. Cómo son las cosas, hace una hora la encontré en el messenger. Nos saludamos, hablamos, actualizamos y nos sinceramos.
Entre broma y broma, no sé como surgió el hecho de que me gustaba: "Eres un mentiroso", me dijo. "Si tú eras el que no se dejaba", agregó.
"Nada que ver", respondí. "Si te estoy diciendo la verdad. La que no me pelaba eras tú". Ante mi sorpresa, respondió: "Al contrario, si eras bien callado y nunca dijiste nada". ¿Cómo hacerlo? Genuinamente la adoraba, era de mis mejores amigas, pero nunca me dio indicios de que el sentimiento fuera mutuo. Eran otras épocas, yo era más poeta y menos cínico. Por supuesto que le coqueteaba, pero nunca noté ninguna reacción. Era más joven y más cobarde, ¿cómo poner en evidencia mis sentimientos sin estar seguro de ser correspondido? Estaba seguro de que ella sólo me veía como amigo. Pero hoy, años después, ¡Zaz! Vino el madrazo directo al estómago.
"Eras de mis mejores amigos y a veces me abrazabas y me tomabas de la mano, pero nunca pensé que hubiera algo más", rememoró. "Hasta que me fui dando cuenta de que me enojaba cuando abrazabas a otras y supe en ese momento que te quería".
"¡Tómalo canalla! Ahí tienes, gancho al hígado", pensé hacia mis adentros. Me puse nervioso. ¿Cómo podía ser? "No, esta vieja me está cotorreando", dudé.
"Mentirosa, nunca me hiciste caso, no tenías ojos para mí", le reclamé. "Claro que sí, pero como veía que no hacías ni decías nada, decidí tratarte con indiferencia para no enamorarme de ti", se justificó.
"!Tómalo hijoeputa! Golpe directo a las costillas", me regañé internamente. ¡Puta madre! No podía ser verdad. Y sin embargo, lo era. Sí, la chica que me encantaba, mi amiga -y amante en mis fantasías-, sí, ella, la más guapa del salón, la chica más alta, linda, con piernas largas y cabello y tez clara, me quería. A mí.
¿A mí? Pero, ¿en qué momento lo que yo deseaba se cumplió y no lo supe ver? "Qué pendejo eres Ricardo, me cae que eres un imbécil", volví a recriminarme mentalmente. Por lo general, suelo regañarme y dar órdenes desde adentro, desde mí mismo. No sé porqué. Supongo que es la manera que tengo de disciplinarme. Esa autocrítica que tanto me ha dado en distintos aspectos de mi vida me estaba dando en la madre. Puta, que madriza monumental me estaba poniendo.
"Bueno, y tú, ¿por qué no hiciste nada?", indagué con curiosidad. "Sabes que era tímida para esas cosas", se defendió. "Además, empezaste a enamorar a María Eugenia y ahí supe que no te gustaba". (María Eugenia era otra chica del mismo salón, simpática y con bonito trasero, pero callada hasta más no poder y con una personalidad tan divertida como la de una piedra en carnaval. Le gusté brevemente pero no funcionó).
¿Qué podía hacer mi vida, si a ti te quería pero nanay? Era la prepa coño, yo era soltero, sin escrúpulos ni discreción -como hasta ahora-.
Continué convenciéndola: "Claro que me gustabas amor, recuerdo cuando fuiste con jeans y me quedé babeando" (el uniforme era una falda horrible a cuadros). "Me fascinaba ver tus piernas blancas, largas y con vellitos rubios", le dije mientras suspiraba con sinceridad.
"A mí me gustaban tus ojos verdes, tu altura y tu personalidad alegre", dijo con toda naturalidad. "Nos llevábamos bien y siempre pensé que haríamos bonita pareja", agregó casi leyéndome la mente, porque eso pensaba yo también en ése entonces.
"¡Me lleva la reputísima madre!", le grité al cabrón que vive dentro de mí. "No me digas eso corazón, que me estás jodiendo la vida...", pensé con verdadera angustia. ¡Qué horror! Saber eso después de tantos años me vapuleó en un instante y con justa razón. Pude haber sido más feliz en la prepa, de la mano con mi chica, una chica que de verdad me gustaba. Al contrario de habérmela pasado cogiendo furtivamente con la que fuera y bebiendo y fumando en antros de baja ralea (mmm después de todo no fue tan mala la prepa).
La verdad, en esa época leía mucha poesía, y estaba clavado con los románticos. Devoré a Goethe a tan tierna edad, y "María", de Jorge Isaacs, me dejó con una herida profunda (¿por qué se tuvo que morir María?). De encima, Neruda iba conmigo a todos lados con sus 20 poemas de amor y me encontraba fascinado con Manuel Acuña, el poeta mexicano que se suicidó por amor (para más información:
http://www.sementalitaliano.blogspot.com/).
En pocas palabras, quería enamorarme. En lugar de eso, seguí por el camino que me llevaría a ser lo que soy ahora -lo que sea que eso signifique-. ¿En qué momento te tuve que no lo supe? Y lo que es peor, ¿en qué momento te perdí sin haberte tenido?
"Recuerdo cuando una vez fuiste a mi casa a que te ayudara con la materia de inglés. Ese día quería besarte y fantaseaba con llevarte a mi habitación y ver tu piel blanca y desnuda, besando esas piernas hasta la perdición", le confesé en un arrebato. "Recuerdo ese día también. Fuiste por algo a la cocina y cuando regresaste te sentaste junto a mí, estudiábamos de la misma libreta y estábamos muy cerca. Pensé que me ibas a abrazar y a besar, pero no lo hiciste", evocó con tristeza.
"¡Con un demonio! ¡Me caigo al mar! Por favor, que alguien me desolle ahora mismo", sollocé de nuevo en mi podrido interior. Si hay algo peor que la incertidumbre, sin duda es la certeza. Ahora sabía -y recordaba- el momento exacto en que todo se fue al diablo. Por un beso. Un beso que no fue. ¿Puede haber mayor tortura que eso? Sí, la tortura china más refinada que ocurría dentro de mi ser en ese instante, y que era provocada por mi Yo actual. Lo merecía.
"¿De verdad pensaste eso?", me interrogó. "Sí, fantaseé sobre ello", respondí perdido en los recuerdos. Francamente, creo que ni ella ni yo podíamos creer tal coincidencia de pensamientos en un punto determinado del tiempo, 5 o 6 años en el pasado. Pero entonces, ¿por qué no se dio? ¿porqué no pasó lo que tenía -y debía- pasar? Ella misma me dio la respuesta.
"Así anduve un tiempo, pero me di cuenta de que no me querías porque siempre me hablabas de muchas chicas", concluyó. Pero claro que lo hacía, aunque me gustaba, nunca imaginé gustarle y no le vi nada de malo en contarle mis cosas, sobre todo si en mi interior no tenía esperanza de estar con ella. Sólo planes maquiavélicos y fantasías.
"Recuerdo un día especial en que decidí olvidarte y sacarte de mi mente y de mi corazón. Fue cuando después de las vacaciones llegaste al salón y nos enseñaste tus fotos del springbreak en Cancún. Me sentí celosa de ver que estuviste con pura gringa haciendo quién sabe que cosas y, en mi mente, no supe porque no me querías si yo también soy blanca, alta y huerita. Me sentí frustrada, y ver esas fotos me lastimó. Ahí elegí olvidarte", suspiró finalmente (bueno, eso creo).
"¡Reputísima madre!, la cagaste cabrón", grité en mi cerebro mientras deseaba beber cianuro con granadina. O sea que, una vez más, por andar ciego e insensible por la vida, no valoré la situación de las cosas y en verdad, ingenua y pendejamente, la lastimé sin saberlo. ¡Bien hecho! ¿Cuándo entenderás que hay cosas que ni a las amigas se les dice o muestra? Nunca puedes prever quién es la persona a la que le dices algo, ni qué podría sentir por ti. ¿A cuántas otras "amigas" habrás alejado de la misma manera?
Ni modo, espantaste a la paloma. En retrospectiva, ya has espantado a toda una parvada por la misma cuestión. "Es que eres muy coqueto", "te enamoras de todas", "a ti quién no te gusta", "te emocionas demasiado", "eres sincero, dolorosamente sincero, hay cosas que no quería saber", sólo por mencionar algunas de las que me han dicho y que de vez en cuando me siguen llegando. ¿Será que soy el único que no ve lo malo en ello? Honestamente, soy muy tonto para eso y no me doy cuenta de las cosas. Las digo inocentemente con la mejor de las intenciones. No puedo mentir a la hora de expresarme sobre las mujeres. Las adoro. Puedo mentir sobre otras cosas, pero sobre mi impresión de ellas no. Dicen que la belleza es verdad. Luego entonces, las mujeres son verdad. Soy ateo de profesión y devoto de las mujeres. Me postro ante ellas como nunca lo haría en una iglesia.
De nada me sirve, pero no puedo hacer nada para evitarlo. Tiempo después, mi chica que nunca lo fue, la del beso no dado, tuvo novio. Al salir de la prepa se embarazó y luego el asunto terminó en casorio. Adiós, adiós.
Hoy, años después, me enseña la foto de su hija: "¿Ves que linda me salió? Sólo le faltaron tus ojos claros...", finalizó maliciosamente.

Como dijo José Alfredo: "siempre caigo en los mismos erorres..."
¡Por Dior! ¿Hasta cuándo terminará la tortura...?